
Por: Adriana Balaguer, el 29 de junio de 2009, 10:20 AM
Vivimos rodeados de gente, y cuando tenemos la oportunidad de estar solos, enseguida encontramos a alguien con quien compartir ese momento. Paradójicamente, estamos siempre añorando y quejándonos por la falta de un espacio privado. Les pasa a las parejas simbióticas, que no conciben la vida si no lo comparten todo; les pasa a las madres y padres de familia, que sienten cómo sus hijos han ocupado/invadido todos sus lugares y sus horas. Y les pasa también a los workaholics, para quienes todo vale en pos de la carrera profesional.
¿Cómo reencontrar ese espacio en el que solo somos nosotros y nuestros deseos más íntimos? ¿Cómo lograr, además, que una vez que lo hallamos funcione como un lugar de realización y desarrollo personal?
Clara T. se sentía saturada por sus obligaciones como profesional, como madre, hasta como esposa. Cumplía con su trabajo, y no se animaba a faltar ni siquiera cuando se sentía enferma, porque consideraba que tenía que guardarse "esos días" para cuando los indispuestos eran sus hijos. A la hora de las rutinas familiares, también lo supervisaba todo: la tarea de los chicos, los regalitos para los cumpleaños de sus amiguitos; los menúes de almuerzos y cenas, y las compras respectivas del supermercado; amén de pediatras, dentistas....Y, además, como el mandato moderno ordena "estar bellas" y "no desatender" al marido, porque si no se va con otra, estaba siempre dispuesta a complacerlo (aún cuando ese no era también su deseo).
Quería reencontrarse con sus pinceles, óleos y acrílicos, y no tenía tiempo; quería salir con sus amigas, sin tener también que salir con sus maridos. Quería poder encerrarse a leer tirada en su sillón favorito, aún cuando estaban en casa sus hijos, su esposo, su perro. Algo tenía que aprender, y lo sabía. Se trataba de no dejarse interrumpir, de hacer respetar su espacio privado. Un sábado a la tarde, harta de correr detrás de la "agenda de esparcimiento" de los otros; y de atender en el celular los llamados de su jefe; decidió reunir a la familia y hablarles. Uno a uno les fue preguntando: "¿Te gustó hoy ir a tenis?", le dijo a su hija mayor; "Y vos ¿disfrutaste de dormir la siesta? ", le preguntó a su marido. ¿"Ustedes dos, la pasaron bien en el cumpleaños al que los llevé?, planteó a sus dos varoncitos.
Hechas las preguntas retóricas, remató: "Bueno, resulta que ahora es mi turno. Y si bien yo no voy a tenis, ni tengo ganas de dormir, ni tengo ningún cumpleaños, también quiero aprovechar mi tiempo libre. Y para eso necesito de la ayuda de ustedes. Ahora mamá va a pintar, y cada uno va a hacer lo que quiera, pero sin interrumpirme". Lo había dicho mil veces, pero enojada, a los gritos. Bastó que lo planteara con todas las letras, y que le diera un lugar casi de "cuestión de Estado" para que surtiera efecto.
Tres meses más tarde, Clara T. pudo montar su primera exposición de cuadros. ¿Cómo cuidás tu espacio personal? ¿Qué cosas hacés para sentirte realizado?
carowander
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Publicado el 16 de julio de 2009, 03:06 PM
carowander
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Publicado el 16 de julio de 2009, 03:05 PM
amotaquintero
en el comentario anterior me falto decir que eso se llama comunicacion, cariño
comprencion decicion o como puedas enternderlo ok.
Publicado el 14 de julio de 2009, 02:51 PM
amotaquintero
pues yo difiero porque si tu fecicidad es tu familia para que gritas que nesecitas
estar sola cuando por dacicion propia lo puedes hacer sin necesidad de decirle a
nadia solo basta con hacerlo saber
Publicado el 14 de julio de 2009, 02:50 PM
stefany180
Yo tengo a mi pareja y a una nena. Pero siempre le dí mis prioridades a mi hija y
luego a mi esposo, dejando a un lado las mias. Ahora me doy tiempo para salir con mis
amigas. Tengo derecho!
Publicado el 14 de julio de 2009, 02:00 PM
Editor, Soy periodista, tengo 40 años (pero lejos estoy de ser una
cuarentona) y tres hijos. Hago Pilates, amo las frutillas con
crema y compartir margaritas a solas con mi marido.
Desde hace 5 años retrato la vida de otras mujeres en
www.mujeressinfronteras.com. Así confirmé que a la mayoría
de las mujeres nos gusta ejercitar la omnipresencia: pensamos
en qué vamos a cocinar en medio de las reuniones de trabajo.
¿Será por eso que vivimos desesperadas?
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